Crítica de Fireworks (2023), dirigida por Giuseppe Fiorello
Con Samuele Segreto, Gabriele Pizzurro, Laura Chiatti, Antonio Milo, Enrico Inserra y Simona Cavallari. Producción italiana. Estreno: 2023. Duración: 134 minutos.

Un relato íntimo en la Sicilia de los ochenta
Fireworks sitúa al espectador en la Italia de los años 80, una época en la que la represión social y la homofobia estructural impregnaban la vida cotidiana de pueblos y familias. En este contexto, dos adolescentes, Gianni y Nino, descubren un amor que nunca tuvo permiso para existir. Lo que comienza como un vínculo inocente y espontáneo se convierte, poco a poco, en un secreto cargado de miedo, deseo y peligro.
Giuseppe Fiorello, en su debut como director, decide narrar esta historia no desde el panfleto ni desde la denuncia frontal, sino desde lo íntimo y lo sensorial. Su cámara se acerca a los cuerpos, a las miradas, a los gestos mínimos que contienen más verdad que cualquier palabra. Y es ahí donde Fireworks despliega su mayor fuerza: en la tensión entre lo que se ve y lo que se calla.

Metáfora de lo efímero
Los fuegos artificiales del título no son un mero adorno estético. Funcionan como símbolo central de la narración: la belleza que estalla con intensidad y desaparece en segundos, pero que deja un eco indeleble en la memoria. Así es también el amor adolescente que relata la película: breve, condenado por las circunstancias, pero tan luminoso que resulta inolvidable.
Ese doble sentido impregna cada secuencia. Las explosiones en el cielo acompañan los primeros descubrimientos, pero también anticipan la tragedia. Lo que debería ser celebración se convierte en presagio. La metáfora es clara: el amor en un contexto hostil puede arder como un fuego artificial, pero siempre corre el riesgo de extinguirse antes de tiempo.

Una estética entre la nostalgia y la crudeza
La fotografía de Ramiro Civita, es una de las grandes virtudes de la película. Rodada en formato digital con una relación de aspecto de 2.35:1, la película captura la esencia del verano siciliano de los años 80, utilizando una paleta de colores cálidos y naturales que refuerzan la atmósfera nostálgica y emocional de la historia. The Digital Bits
La elección de los lugares de rodaje en la provincia de Siracusa, como Ferla, Marzamemi y Pachino, permitió al equipo capturar paisajes mediterráneos que sirven de fondo a la historia de amor prohibido entre Gianni y Nino. La cinematografía destaca por su capacidad para capturar la luz natural y los detalles sensoriales de los entornos, desde las calles polvorientas hasta los momentos íntimos en el hogar de los personajes. Film Threat
Cada plano está cuidadosamente compuesto para transmitir la tensión emocional de los personajes y la opresión social que enfrentan. La dirección de fotografía de Civita no solo embellece la historia, sino que también profundiza en su contenido, convirtiéndose en un elemento narrativo esencial que complementa la dirección de Fiorello.

Samuele Segreto y Gabriele Pizzurro, en los papeles de Gianni y Nino, cargan con la responsabilidad de transmitir la fragilidad y la intensidad de un primer amor clandestino. Y lo logran con una naturalidad que sorprende: no interpretan un romance imposible, sino un afecto interrumpido por una sociedad que no supo ofrecerles espacio.
Sus gestos, sus miradas, sus vacilaciones se convierten en el verdadero corazón de la película. Alrededor de ellos, un reparto sólido encarna las figuras adultas que orbitan el relato: padres que vigilan, madres que intuyen, una comunidad que perpetúa los silencios.
Lo íntimo como político
Aunque la historia se centra en dos adolescentes, su alcance es mucho mayor. Fireworks funciona como radiografía de un tiempo y un lugar, como retrato de una sociedad que fabricaba silencios y convertía en condena lo que solo era amor. Fiorello no necesita subrayar ni adoctrinar: basta con mostrar cómo los códigos de masculinidad, la presión social y el miedo a la diferencia se infiltraban en la vida cotidiana.
Lo político se revela a través de lo íntimo. La tragedia de Gianni y Nino es, en realidad, la tragedia de una generación que no pudo vivir con libertad. Y en ese sentido, la película se convierte en testimonio, en memoria, en recordatorio de que la violencia estructural no siempre se ejerce con golpes, sino también con silencios, con miradas, con exclusiones.

La paradoja luminosa de la tragedia
El gran logro de Fireworks es que, incluso en su desenlace, no se rinde al pesimismo absoluto. La historia de Gianni y Nino es trágica, sí, pero también está impregnada de luz. Cada gesto de ternura, cada instante de complicidad, cada roce de manos es filmado como un triunfo contra la oscuridad.
Esa paradoja —la felicidad más intensa naciendo en un entorno hostil— es la que convierte a la película en algo más que un drama juvenil. Es un canto breve, un recordatorio de que incluso en los lugares más sombríos puede arder la chispa de la belleza.
Fireworks no es una obra que se consume en la sala de cine. Es una experiencia que se arrastra después, como el eco de un estallido en la noche. Su mayor mérito es lograr que el espectador no solo observe una historia, sino que sienta que alguna vez también estuvo allí: en el vértigo de un primer amor, en el miedo a ser descubierto, en la intensidad de lo que dura segundos pero marca para siempre.
Fiorello ha construido una película que habla del pasado, pero que interpela directamente al presente. Una obra que ilumina la oscuridad con un destello breve, pero inolvidable. Porque los fuegos artificiales, aunque se apaguen, siempre dejan en el aire la certeza de que brillaron.
Ya disponible en Filmin





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